Una buena parte de los males que aqueja a nuestra sociedad en el último tiempo se puede explicar, al menos en parte, a través de un concepto muy usado en economía y es el llamado costo de oportunidad y una de sus derivaciones; el costo de la transgresión.
Por definición, el costo de oportunidad o costo alternativo es aquello de lo que un agente se priva o renuncia cuando hace una elección o toma de una decisión renunciando a otra. En otras palabras, cuanto me cuesta, en términos de otras decisiones, hacer lo que he decidido hacer. El ejemplo clásico se ilustra con una simple pregunta: ¿Cual es mi costo de oportunidad de trabajar?, en mi caso es quedarme en casa leyendo un libro, oyendo música o escribiendo una poesía; queda entonces claro a las cosas que debo renunciar por la necesidad de trabajar.
Este concepto lo aplicaremos a la transgresión, del latín transgredior y transgressio, términos inofensivos que indican el paso de un lugar a otro, generalmente saltando un obstáculo, que aplicados a las leyes y a las normas de conducta implican conceptos como: infringir, quebrantar, vulnerar, desobedecer una orden o ley de cualquier clase.
Y aquí se pone más pedestre la cosa, pondremos algunos ejemplos en aras de clarificar la idea. Cuando un oficial de tránsito nos detiene por no respetar un semáforo en rojo, la transgresión se elimina con una pequeña transferencia monetaria directa y voluntaria (coima), ergo, es una transgresión barata si pensamos en el alto costo de oportunidad de tener que tomarse el tiempo de pagar la multa de acuerdo a la norma.
Y los costos van en aumento cuando decidimos no pagar impuestos, contrabandear, especular o incurrir en agio. Pero aún no son lo suficientemente altos para obligarnos a hacer lo correcto. Debemos aclarar que estos costos son de diferente orden y están en función de quien los incurre, como ser, tiempo, dinero, reputación y el más actual, el costo político. El lector ya podrá darse cuenta que el Estado y la sociedad no tienen la fuerza suficiente para hacer cumplir el ordenamiento instituido que evite la diaria y flagrante transgresión.
¿No es ésta entonces una invitación sutil a transgredir, si no hay penalidad suficiente? Podemos linchar física o socialmente presuntos delincuentes, podemos robar, destruir bienes públicos y privados, secuestrar, agredir y violar impunemente; podemos hacer caso omiso a la ley en todas sus formas posibles y generar una bola de nieve que nos lleve a extremos impensables como olvidar nuestra propia naturaleza de seres racionales que eligieron vivir en comunidad bajo un paraguas de reglas comunes y aceptadas democráticamente por moros y cristianos.
En consecuencia, si queremos que nuestra sociedad pueda vivir bajo principios de convivencia más pacífica, ordenada e inteligente tenemos dos caminos por seguir: i) hacer que las instancias llamadas por ley hagan cumplir los actuales costos de trasgresión, a través de la aplicación correcta, eficiente y transparente de las leyes y normas vigentes y ii) aprovechar la actual coyuntura de cambio para incrementar ese costo de transgresión de manera tal que los agentes sociales piensen dos veces en el costo de oportunidad de no hacer lo correcto. Sería un buen paso para una convivencia armónica entre bolivianos.
(Artículo publicado en "Columnas de Opinión" del periódico Los Tiempos)
Por definición, el costo de oportunidad o costo alternativo es aquello de lo que un agente se priva o renuncia cuando hace una elección o toma de una decisión renunciando a otra. En otras palabras, cuanto me cuesta, en términos de otras decisiones, hacer lo que he decidido hacer. El ejemplo clásico se ilustra con una simple pregunta: ¿Cual es mi costo de oportunidad de trabajar?, en mi caso es quedarme en casa leyendo un libro, oyendo música o escribiendo una poesía; queda entonces claro a las cosas que debo renunciar por la necesidad de trabajar.
Este concepto lo aplicaremos a la transgresión, del latín transgredior y transgressio, términos inofensivos que indican el paso de un lugar a otro, generalmente saltando un obstáculo, que aplicados a las leyes y a las normas de conducta implican conceptos como: infringir, quebrantar, vulnerar, desobedecer una orden o ley de cualquier clase.
Y aquí se pone más pedestre la cosa, pondremos algunos ejemplos en aras de clarificar la idea. Cuando un oficial de tránsito nos detiene por no respetar un semáforo en rojo, la transgresión se elimina con una pequeña transferencia monetaria directa y voluntaria (coima), ergo, es una transgresión barata si pensamos en el alto costo de oportunidad de tener que tomarse el tiempo de pagar la multa de acuerdo a la norma.
Y los costos van en aumento cuando decidimos no pagar impuestos, contrabandear, especular o incurrir en agio. Pero aún no son lo suficientemente altos para obligarnos a hacer lo correcto. Debemos aclarar que estos costos son de diferente orden y están en función de quien los incurre, como ser, tiempo, dinero, reputación y el más actual, el costo político. El lector ya podrá darse cuenta que el Estado y la sociedad no tienen la fuerza suficiente para hacer cumplir el ordenamiento instituido que evite la diaria y flagrante transgresión.
¿No es ésta entonces una invitación sutil a transgredir, si no hay penalidad suficiente? Podemos linchar física o socialmente presuntos delincuentes, podemos robar, destruir bienes públicos y privados, secuestrar, agredir y violar impunemente; podemos hacer caso omiso a la ley en todas sus formas posibles y generar una bola de nieve que nos lleve a extremos impensables como olvidar nuestra propia naturaleza de seres racionales que eligieron vivir en comunidad bajo un paraguas de reglas comunes y aceptadas democráticamente por moros y cristianos.
En consecuencia, si queremos que nuestra sociedad pueda vivir bajo principios de convivencia más pacífica, ordenada e inteligente tenemos dos caminos por seguir: i) hacer que las instancias llamadas por ley hagan cumplir los actuales costos de trasgresión, a través de la aplicación correcta, eficiente y transparente de las leyes y normas vigentes y ii) aprovechar la actual coyuntura de cambio para incrementar ese costo de transgresión de manera tal que los agentes sociales piensen dos veces en el costo de oportunidad de no hacer lo correcto. Sería un buen paso para una convivencia armónica entre bolivianos.
(Artículo publicado en "Columnas de Opinión" del periódico Los Tiempos)
